POR QUÉ BAD BUNNY MOLESTA TANTO A TRUMP

No fue solo música. Fue un mensaje.

El show de medio tiempo de Bad Bunny en el Super Bowl no fue un mitin político ni un discurso explícito. Y aun así, provocó una reacción inmediata del expresidente Donald Trump, quien lo calificó como “uno de los peores de la historia”. La pregunta no es si fue bueno o malo musicalmente, sino por qué incomodó tanto al poder.


NO FUE UN ATAQUE DIRECTO, FUE ALGO MÁS DIFÍCIL DE CONTROLAR

Bad Bunny no gritó consignas ni atacó nombres propios. Lo que hizo fue más sutil y, para muchos gobiernos, más peligroso: normalizó una identidad que suele ser tratada como marginal.

El idioma, la estética, los símbolos y la narrativa del show no pidieron permiso. Simplemente ocuparon el escenario más visto de Estados Unidos y dijeron, sin decirlo: estamos aquí.

EL IDIOMA TAMBIÉN ES POLÍTICO

Que gran parte del espectáculo fuera en español no debería ser controversial. Sin embargo, lo fue. La reacción de Trump —“nadie entiende lo que está diciendo”— no fue solo una crítica artística, sino un reflejo de una vieja tensión en Estados Unidos: quién pertenece y en qué idioma puede expresarse.

Con más de 45 millones de personas que hablan español en el país, el idioma dejó de ser una minoría cultural hace tiempo. Pero sigue siendo tratado como una provocación cuando ocupa espacios centrales.


BANDERAS, MAPAS Y UNA IDEA INCÓMODA

Uno de los momentos más comentados del show fue el desfile de banderas del continente americano, de sur a norte, incluyendo Canadá. En otro contexto habría sido leído como celebración. En el clima político actual, se interpretó como desafío.

El mensaje implícito fue claro: América no es solo una identidad, es muchas al mismo tiempo. Y eso choca con una visión política que insiste en jerarquías, fronteras rígidas y dominancia cultural.

CUANDO LA ALEGRÍA TAMBIÉN SE VUELVE RESISTENCIA

Hubo baile, colores, invitados, comunidad. Nada de eso es neutral. En contextos de tensión social, la alegría compartida también puede leerse como acto político.

Bad Bunny rodeándose de figuras públicas críticas del trumpismo —artistas, actores, músicos— no fue casual. No dijeron nada juntos. No hizo falta. El mensaje estaba en quiénes estaban ahí y por qué.


EL PASADO NO DESAPARECE

La relación entre Trump y Bad Bunny no empieza en este Super Bowl. Se remonta al manejo del huracán María en Puerto Rico, a las críticas por la respuesta federal y a años de declaraciones cruzadas.

El show no mencionó la tragedia, pero sí incluyó símbolos que la recuerdan: apagones, postes de luz fuera de servicio, canciones que hablan de abandono institucional. La memoria también incomoda.


¿POR QUÉ UN SHOW MOLESTA MÁS QUE UN DISCURSO?

Porque los discursos se debaten. Los espectáculos se sienten. Un mensaje político puede rechazarse; una experiencia cultural compartida es más difícil de desactivar.

El Super Bowl no es un foro académico. Es un ritual masivo. Y Bad Bunny logró insertar ahí una narrativa distinta sin pedir permiso, sin explicar, sin traducir.

LO QUE REALMENTE MOLESTÓ

No fue la música.
No fue el baile.
No fue la puesta en escena.

Lo que molestó fue la idea de que millones de personas se reconocieran en ese escenario sin pasar por el filtro del poder político. Que la diversidad no pidiera disculpas. Que la identidad no se escondiera.

Y eso, para ciertos liderazgos, siempre será más amenazante que cualquier discurso explícito.